divendres, 22 d’abril de 2016

TRAS EL FIN DEL PRÍNCIPE. Más allá del éxtio televisivo y lo actual de la trama habrá que ver cómo afectará la serie a este barrio de Ceuta y a sus jóvenes. En el asalto a la comisaría se reproduce la estética y los símbolos del Daesh, pero se modificó el texto de la bandera negra para evitar que pudiera convertirse en foto icono de sus seguidores. Inghimasi ٳنغماسی ("los que se introducen sin miedo en territorio enemigo", y generalmente mueren como mártires)

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Xavier Rius, 22 de abril de 2016

Acabó el miércoles con record de audiencia la segunda y última temporada del Príncipe como empezó, “con lágrimas y en agua salada”, ya que pese que el mal fue derrotado gracias al servicio póstumo de Fran, José Coronado, que sacó fuerzas en su último estertor para matar al malvado Khaled, Fátima fallece desangrada en brazos de Morey tras prometerse ambos su amor profundo e incondicional. Un final que no ha gustado a parte de los seguidores que se sublevaron en twitter, pero que ha sido coherente con lo que anunciaba José Coronado en su primer capítulo: “En el Príncipe todo acaba en agua salada, en lágrimas o en el fondo del mar”. Y así acabó tras casi dos años y medio después de su estreno, esa serie pensada sólo para una temporada ubicada en ese barrio conflictivo de Ceuta, cuna de yihadistas y narcotraficantes, y que estos dos años también ha padecido y evolucionado con la irrupción del Estado Islámico o Daesh. Grupo terrorista multinacional cuya estenografía macabra marcó el guión de la segunda temporada y estuvo reproducida en sanguinario asalto de la comisaría del último capítulo.
Más allá de giros argumentales que se tuvieron que dar para alargar la serie, alguno muy bien elegido como la corrupción en el CNI y la utilización del yihadismo en Ceuta en el contexto de la pugna hispano francesa por la construcción de un túnel bajo el Estrecho, la realidad evolucionó mucho desde que se grabaron los primero capítulos en 2013, siendo la trama fiel a dicha evolución. La serie comienza con un grupo terrorista llamado Akrab (Escorpión), tal vez fiel a Al Qaeda, en un tiempo que los jóvenes que marchaban desde Ceuta y Europa a combatir a Siria lo hacían para sumarse a grupos leales a Al Qaeda como el Frente al-Nusra. Y toma ya en la segunda temporada la simbología del Estado Islámico o Daesh que irrumpe en 2104, tras romper con Al Qaeda y Al-Nursa, proclama el Califato y realiza las impactantes ejecuciones con sus videos de las víctimas vestidas con mono naranja.
En la segunda temporada del Príncipe afortunadamente se solventan los tintes islamófobos de la primera, en la que todos los personajes masculinos musulmanes o de origen magrebí acabaron siendo terroristas o narcotraficantes, incluso aquellos como el policía ceutí, Hakim, –Ayoub al Hilali- que decía ser ateo y comía jamón, pero resultó ser un terrorista infiltrado. Y acertadamente se introdujeron otros, como el agente Samy, Ahmed Younossi, que replica siempre a los yihadistas que su visión del islam es equívoca, o la del líder musulmán con túnica que, tras reprochar a los terroristas su acción es asesinado en la puerta de la comisaría.
Se le puede criticar a la serie algunos errores a la hora de mostrar al CNI o en la ejecución de los dispositivos antiterroristas. Un agente del CNI, actúe o no bajo la cobertura de la Policía Nacional, nunca se autodefinirá como espía como hacía Morey. Los agentes de los servicios secretos, antiterroristas y de información se definen y clasifican en todo el mundo en categorias como agentes operativos o como analistas. Lo de espías queda para la época de la guerra fría en que agentes se camuflaban con otra profesión en territorio enemigo para obtener información. Así mismo resulta impensable que una periodista pueda reunirse con Robledo, el jefe del CNI corrupto, en el parking del organismo al que ha accedido libremente. Y ciertamente, tanto el operativo policial de Granada con los reyes de España y Marruecos, como en las escenas trepidantes del último capítulo, el dispositivo antiterrorista habría sido muy distinto en la realidad, pero ello hubiera quitado protagonismo a Fran y Morey que debían ser ellos quienes se enfrentaran con el mal.
En el capítulo del miércoles se reprodujo como, a la orden de Inghimasi ٳنغماسی (que significa:"los que se introducen sin miedo en territorio enemigo", y generalmente mueren como suicidas o mártires), unos chavales inexpertos asaltan la comisaría reproduciendo la simbología del Daesh o Estado Islámico, pese a que deliberadamente se cambió alguna palabra y la caligrafía de la bandera negra con círculo blanco del Daesh, para evitar que en el futuro dichas imágenes sean usadas como icono terrorista.
Resulta difícil valorar ahora qué rédito positivo o negativo dejará en El Príncipe la serie, que no ha acabado de gustar a muchos de quienes trabajan día a día por la convivencia y desestigmatizar dicho barrio al haberse sobredimensionado sólo lo negativo. Un barrio, con olor a heroína y té con hierbabuena, que tuve el privilegio de conocer con toda su complejidad en julio de 2004 de la mano de Hamed Abderraman Ahmed, "Hamido", recien liberado de Guantánamo. Ceuta y Melilla son dos microcosmos con una gran población española joven musulmana o de cultura musulmana, que afronta los problemas educativos, de empleo y de marginalidad, además del conflicto identitario. Cóctel del que se alimenta en toda Europa el yihadismo. Por ello preocupa a los analistas del CNI, policía y Guardia Civil, si a consecuencia de la serie, a corto o medio plazo, habrá jóvenes de Ceuta y Melilla que puedan sentirse atraídos y mimetizados por las digamos hazañas bélicas mostradas en la misma.
A raíz de los últimos atentados realizados en París o Bruselas se ha debatido mucho sobre qué modelo de integración de los ciudadanos de religión o cultura islámica debe buscarse, para evitar las condiciones sociales de segregación y guetos que alimentan el terrorismo yihadista. Lamentablemente el tema es complejo y debe abordarse huyendo del buenismo de cierto multiculturalismo que propugna el respeto hacia patrones de conducta social y familiar, sin puerta de salida para las mujeres, opuestos al principio básico de libertad individual. Y huyendo también de la islamofobia que niega el derecho a ser musulmán y mostrarlo en público. Pero la trayectoria de la protagonista indiscutible, Hiba Abouk, o de la actriz Mariam Bachir, que descubrimos en El Niño, y que pudimos ver también en El Príncipe, nos obliga a reflexionar sobre ello.
Abouk, nacida en España hija de padre libio y madre tunecina, reconoció hace un año que había roto la relación con sus padres, que no aprobaban los papeles que realizaba. Así mismo la saharaui Mariam Bachir, que pudimos ver también, realizando como cualquier otra actriz española, una escena amorosa en El Niño, o que hizo una escena de beso lésbico en un espot publicitario, lamentaba recientemente TV3 que, desde su entorno saharaui, se le reprochara y censurara por sus papeles. Y aquí podemos llegar a la triste conclusión que para muchas mujeres hijas de musulmanes, solo pueden decidir libremente cómo quieren vivir y si desean romper o no con patrones patriarcales apegados tristemente a la cultura islamica, si tienen capacidad económica para independizarse. Y lamentablemente un reto no resuelto que tienen las sociedades democráticas occidentales es que hay sectores de su población, y me refiero a parte de las llamadas comunidades islámicas, que no entienden que la religión y el modo de manifestarla es una opción libre con todo el derecho a practicarla y difundirla, pero no un componente genético hereditario de los hijos e hijas de musulmanes.
Xavier Rius, periodista

Las palabras de la bandera del Daesh han sido cambiadas para evitar que se reproduzca como icono suyo

DESPRÉS DEL PRÍNCIPE
Va acabar dimecres amb rècord d'audiència la segona i última temporada del Príncipe com va començar, "amb llàgrimes i en aigua salada", ja que malgrat que el mal va ser derrotat gràcies al servei pòstum de Fran, José Coronado, que va treure forces en el seu últim alè de vida per matar el malvat Khaled, Fàtima mor dessagnada en braços de Morey després de prometre’s tots dos el seu amor etern i incondicional. Un final que no ha agradat a part dels seguidors que es van revoltar a twitter, però que ha estat coherent amb el que anunciava José Coronado en el primer capítol: "Al Príncipe tot acaba en aigua salada, en llàgrimes o en el fons del mar ". I així va acabar després de gairebé dos anys i mig després de la seva estrena, aquesta sèrie pensada només per a una temporada situada en aquest barri conflictiu de Ceuta, bressol de gihadistes i narcotraficants, i que aquests dos anys també ha patit i evolucionat amb la irrupció de l'Estat islàmic o Daesh. Grup terrorista multinacional, la escenografia macabra del qual va marcar el guió de la segona temporada i va estar reproduïda en sanguinari assalt de la comissaria de l'últim capítol.
Més enllà de girs argumentals que es van haver de donar per allargar la sèrie, algun molt ben triat com la corrupció al CNI i la utilització del gihadisme a Ceuta en el context de la pugna hispanofrancesa per la construcció d'un túnel sota l'Estret, la realitat va evolucionar molt des que es van gravar els primers capítols en 2013, sent la trama fidel a aquesta evolució. La sèrie comença amb un grup terrorista anomenat Akrab (Escorpí), potser fidel a Al-Qaida, en un temps que els joves que marxaven des de Ceuta i Europa a combatre a Síria, ho feien per sumar-se a grups lleials a Al-Qaida com el Front al -Nusra. I pren ja en la segona temporada la simbologia de l'Estat Islàmic o Daesh que irromp en 2104, després de trencar amb Al-Qaida i Al-Nursa, proclama el Califat i realitza les impactants execucions amb els seus vídeos de les víctimes vestides amb mono taronja.
En la segona temporada del Príncipe afortunadament se solucionen els tints islamòfobs de la primera, en la que tots els personatges masculins musulmans o d'origen magribí van acabar sent terroristes o narcotraficants, fins i tot aquells com el policia de Ceuta, Hakim, -Ayoub a Hilali- que deia ser ateu i menjava pernil, però va resultar ser un terrorista infiltrat. I encertadament es van introduir altres, com l'agent Samy, Ahmed Younossi, que replica sempre als jihadistes que la seva visió de l'islam és equívoca, o la del líder musulmà amb túnica que, després de retreure als terroristes seva acció és assassinat a la porta de la comissaria.
Se li pot criticar la sèrie alguns errors a l'hora de mostrar el CNI o en l'execució dels dispositius antiterroristes. Un agent del CNI, actuï o no sota la cobertura de la Policia Nacional, mai s’autodefinirá com espia com feia Morey. Els agents dels serveis secrets, antiterroristes i d'informació es defineixen i classifiquen a tot el món en categories com a agents operatius o com analistes. El mot espia queda per l'època de la guerra freda en què els agents es camuflaven amb una altra professió en territori enemic per obtenir informació. Així mateix resulta impensable que una periodista pugui reunir-se amb Robledo, el cap del CNI corrupte, al pàrquing de l'organisme al qual ha accedit lliurement. I certament, tant l'operatiu policial de Granada amb els reis d'Espanya i el Marroc, com en les escenes trepidants de l'últim capítol, el dispositiu antiterrorista hauria estat molt diferent a la realitat, però això hagués tret protagonisme a Fran i Morey que havien de ser ells qui s'enfrontessin amb el mal.
En el capítol de dimecres es va reproduir com, a l'ordre d’Inghimasi,,ٳنغماسی ("els que s'introdueixen o entren sense por en territori enemic", i generalment moren com a màrtirs) uns xavals inexperts assalten la comissaria reproduint la simbologia del Daesh o Estat Islàmic, malgrat que deliberadament es va canviar alguna paraula i la cal·ligrafia de la bandera negra amb cercle blanc del Daesh, per evitar que en el futur aquestes imatges siguin utilitzaes com a icona terrorista.
Resulta difícil valorar ara quin rèdit positiu o negatiu deixarà en El Príncipe a la sèrie, que no ha acabat d'agradar a molts dels que treballen dia a dia per la convivència i desestigmatitzar el barri en haver-se sobredimensionat només les coses negatives. Un barri, que fa olor a heroïna i a te amb menta, que vaig tenir el privilegi de conèixer amb tota la seva complexitat el juliol de 2004 de la mà d’Abderraman Ahmed, "Hamido", recent alliberat de Guantánamo. Ceuta i Melilla són dos microcosmos amb una gran població espanyola jove musulmana o de cultura musulmana, que afronta els problemes educatius, d'ocupació i de marginalitat, a més del conflicte identitari. Còctel del que s'alimenta a tot Europa el gihadisme. Per això preocupa als analistes del CNI, policia i Guàrdia Civil, si a conseqüència de la sèrie, a curt o mitjà termini, hi haurà joves de Ceuta i Melilla que puguin sentir-se atrets i mimetitzats per les, diguem gestes bèl·liques, mostrades a la mateixa.
Arran dels últims atemptats realitzats a París o Brussel·les s'ha debatut molt sobre quin model d'integració dels ciutadans de religió o cultura islàmica ha de buscar-se, per evitar les condicions socials de segregació i guetos que alimenten el terrorisme gihadista. Lamentablement el tema és complex i s'ha d'abordar fugint del bonisme de cert multiculturalisme que propugna el respecte cap a patrons de conducta social i familiar, sense porta de sortida per a les dones, oposats al principi bàsic de llibertat individual. I fugint també de la islamofòbia que nega el dret a ser musulmà i mostrar-ho en públic. Però la trajectòria de la protagonista indiscutible, Hiba Abouk, o de l'actriu Mariam Bachir, que vam descobrir a El Niño i vam poder veure també en El Príncipe, ens obliga a reflexionar-hi.
Abouk, nascuda a Espanya de pare libi i mare tunisiana, va reconèixer fa un any que havia trencat la relació amb els pares, que no aprovaven els papers que realitzava. Així mateix la sahrauí Mariam Bachir, que vam poder veure també, realitzant com qualsevol altra actriu espanyola, una escena amorosa a El Niño, que va fer una escena de petó lèsbic en un espot publicitari, lamentava recentment a TV3 que, des del seu entorn sahrauí, se li reprotxés i censurés pels seus papers. I aquí podem arribar a la trista conclusió que moltes dones filles de musulmans, només poden decidir lliurement com volen viure i si volen trencar o no amb patrons patriarcals aferrats tristament a la cultura islàmica, si tenen capacitat econòmica per independitzar-se. I lamentablement un repte no resolt que tenen les societats democràtiques occidentals és que hi ha sectors de la població, i em refereixo sectors de les anomenades comunitats islàmiques, que no entenen que la religió i la manera de manifestar-la és una opció lliure amb tot el dret a practicar-la i difondre-la, però no un component genètic hereditari dels fills i filles de musulmans.
Xavier Rius, periodista
¿Qué siginifica Inghimasi?

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