Xavier Rius Sant, periodista. La Vanguardia, divendres 18 de juliol de 2025El barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO),
hecho público el miércoles, apuntando que si celebraran elecciones
catalanas Vox crecería ligeramente y Aliança Catalana pasaría de dos a
diez u once escaños, ha coincidido con la
detención en Mataró del líder de un grupo que desde las redes sociales
había realizado las convocatorias a “salir de cacerías” o atacar a
inmigrantes magrebíes en Torre Pacheco. Grupo creado hace seis meses
llamado “Deport Them Now” —Deportémoslos Ahora— que se había dado a
conocer convocando conjuntamente con Vox diversas manifestaciones en
favor de la expulsión de inmigrantes y contra centros de menores.
Evidentemente una cosa es pedir la expulsión de los inmigrantes
irregulares, otra de los que delinquen, u oponerse a la acogida de
menores no acompañados, pese a que la convención de derechos del menor
firmada por todos los países de la Unión Europea nos obliga. Y otra muy
distinta llamar a realizar “cacerías de inmigrantes”. Pero cuando un
partido como Vox dice que habrá que expulsar a ocho millones de
inmigrantes, pese a que luego matice esta cifra y afirme que sólo
“aquellos que delinquen, no tienen papeles, no se integran o tienen
religiones extrañas”, de alguna manera da argumentos a quienes como el
grupo liderado por el ultra de Mataró, llaman a pasan a la acción
directa.
El barómetro del CEO
analiza el trasvase de votos hacia Aliança o Vox de quienes en comicios
anteriores dieron su confianza a otras formaciones. Pero pese a que
muchos independentistas desengañados quieran dar ahora su confianza a
Sílvia Orriols, lo verdaderamente importante es el voto de jóvenes que
lo hacen por primera vez y de aquellos que en anteriores elecciones se
habían abstenido. Sin reconocer que partidos como Vox y Aliança seducen a
abstencionistas y a nuevos votantes jóvenes, no se entendería que en
las pasadas elecciones europeas, pese a Vox subió pasando de cuatro a
seis escaños, la candidatura del activista ultra, Alvise Pérez,
consiguió tres con una campaña realizada exclusivamente en las redes
sociales y sin exponer programa político alguno.
Aliança Catalana bebe principalmente de dos fuentes. Del rechazo a la inmigración y del desengaño del procés.
Mientras los que nos vendieron una independencia exprés no hagan
autocrítica de que infravaloraron lo complejo del proyecto, las fuerzas
de cada uno y los obstáculos jurídicos, afirmando entonces falsedades
como que el dictamen sobre Kosovo de la Corte Internacional de Justicia
abría a la puerta a que una secesión unilateral de Cataluña fuera
reconocida por la comunidad internacional, y no reconozcan que sabían
que eso no podría acabar bien, muchos que lo creyeron, canalizarán su
frustración votando a Orriols.
Hacer políticas de interculturalidad y convivencia no es realizar una fiesta de la diversidad con la participación de asociaciones de inmigrantes y comer un cuscús. Es garantizar que los hijos y sobre todo las hijas de los inmigrantes, puedan vivir como deseen, ir de la mano de un amigo no musulmán sin que la llamada “comunidad” las persiga, y dejar de empoderar a supuestos líderes comunitarios que nadie ha elegido.
Y
por lo que se refiere al rechazo a la inmigración que manifiesta Vox y
Aliança, bebe de un malestar que no va a disminuir con propuestas
imposibles de expulsiones masivas. Eso sólo se revierte con políticas
sociales que hagan que los vecinos autóctonos o de origen inmigrante de
ciertos barrios, no se sientan abandonados por las administraciones y,
también, castigando la multirreincidencia, sean de donde sean sus
autores. Además si deseamos evitar que ocurra como en barrios de
determinadas ciudades de Francia o Bélgica, es preciso escuchar lo que
dicen hijas de inmigrantes que viven o crecieron en Catalunya como
Hannan Serrouk, Najat el Hachmi o Mimunt Hamido, que lamentan que los
poderes públicos y sobre todo los partidos de izquierda, en nombre de
una malentendida interculturalidad y respeto a otras creencias, a menudo
se laven las manos ante el crecimiento del islamismo como ideología y
la generación de contracounidades. Hacer políticas de interculturalidad y
convivencia no es realizar una fiesta de la diversidad con la
participación de asociaciones de inmigrantes y comer un cuscús.
Es garantizar que los
hijos y sobre todo las hijas de los inmigrantes, puedan vivir como
deseen, ir de la mano de un amigo no musulmán sin que la llamada
“comunidad” las persiga, y dejar de empoderar a supuestos líderes
comunitarios que nadie ha elegido. Es garantizar también que la segunda y
tercera generación, es decir españoles nacidos aquí, hijos de
extranjeros, no se encuentren con un “lo siento, ya está alquilado” cada
vez que dan su nombre llamando por teléfono a un anuncio de un piso.
Si pese a haber nacido aquí son tratados como eternos forasteros,
sentirán un desarraigo que saben manipular después líderes étnicos,
bandas juveniles y el islamismo violento o pacífico.