Xavier Rius Sant, La Vanguardia, miércoles 29 de julio de 2026
Maquiavelo en su tratado “El Príncipe”, advertía sobre los peligros de la corte: “No hay otra manera de protegerse contra las adulaciones que hacerle entender a los hombres que no te ofenden al decirte la verdad”. Tanto Putin como Trump están atrapados en Ucrania e Irán en unas guerras que iniciaron convencidos que ganarían en pocos días por su corte de aduladores, tras desprenderse de aquellos que podían contradecirles y tal vez sí decían la verdad.
Putin, prisionero de uno de los errores que llevó a la URSS al colapso, inició hace más de cuatro años la “Operación Especial” de Ucrania, convencido que no duraría más de una semana, con el objetivo de recuperar la gloria que perdió la URSS en 1991. Ciertamente influyeron en la caída de la URSS la derrota en Afganistán y la imposibilidad de incrementar el gasto militar para hacer frente a la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan. Pero antes de eso la URSS estaba condenada al desastre económico al construirse sobre la base del pánico al líder que condenaba a un gulag o eliminaba a quienes se atrevían a contradecirle, en una Unión Soviética que se sostenía sobre grandes mentira.
A modo de ejemplo, la gran mentira sobre la producción de algodón. Fue Stalin quien ordenó multiplicar la producción de algodón que se recolectaba en Uzbequistán y Turkmenistán. Se sustituyó el algodón autóctono por variedades foráneas, se acabó con la producción de frutas, verduras y cereales, mientras se convertían zonas áridas en campos de algodón que se regaban con nuevos canales que arrebataban agua a los ríos Sir Daria y Amu Daria. Canales hechos en terreno arenoso que no evitaban la filtración de agua, con lo que la mayor parte de la misma se perdía. Los primeros años el experimento funcionó, pero los campos de algodón demandaban más agua y más fertilizantes químicos. Los fertilizantes se filtraban en la capa freática y desertizaban otras zonas. El mar de Aral se fue secando acabando con la producción pesquera, minimizándolo los ingenieros agrónomos con el argumento de que el Caspio y el Aral se comunicaban freáticamente y cíclicamente uno crecía en detrimento del otro. La producción de algodón caía, mientras los dirigentes falsificaban los resultados de cada cosecha, en una mentira colectiva que iba desde los koljoses productores, a los máximos funcionarios y directivos de las fábricas textiles que, en dicho régimen de mentira colectiva, se corrompían con más y más sobornos para sostener el engaño. A mediados de los ochenta el Politburó de Moscú decidió investigar el llamado “caso del algodón” y cuatro mil miembros del partido y tres mil policías, fueron condenados. Pero ya era tarde para revertir la muerte del Aral, recuperar la industria pesquera y retornar al cultivo de frutas y cereales.
Vladímir Putin, antiguo miembro del KGB, aplicó desde el primer día los métodos autocráticos, eliminando primero políticamente a quienes le cuestionaban o podían ganarle en las urnas. Después, como hemos visto estos últimos diez años, muchos oligarcas, ex ministros o periodistas que se atrevían a cuestionar decisiones eran encarcelados o fallecían cayendo de un octavo piso, accidentes en la ducha o infecciones súbitas. Y Putin se lanzó a invadir Ucrania sin prever ni la resistencia de los ucranianos ni su capacidad de fabricar nuevas armas como los drones que ahora acechan Moscú, infraestructuras de comunicaciones o energéticas y a la misma flota.
Donald Trump, por su parte, está ahora encallado en Ormuz tras haber cesado a buena parte de la cúpula militar y de inteligencia y rodearse de aduladores y personajes como Steve Witkoff y Jared Kushner que mezclan diplomacia y negocios personales sin esconderlo. Si bien el peor consejero de Trump fue el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu, que le hizo creer que el régimen de los ayatolás caería o se plegaría a su voluntad, como el venezolano. Y con Ormuz cerrado y amenazándose de cerrar el estrecho de Bab el Madeb en el Mar Rojo, no pone sólo en peligro la economía de los Estados Unidos, sino la del mundo entero. Puede que Putin pueda permitirse quedar unos años más atrapado en Ucrania, pero el mundo no puede permitirse alargar más el cierre de Ormuz.


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