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divendres, 22 d’abril del 2016

TRAS EL FIN DEL PRÍNCIPE. Más allá del éxtio televisivo y lo actual de la trama habrá que ver cómo afectará la serie a este barrio de Ceuta y a sus jóvenes. En el asalto a la comisaría se reproduce la estética y los símbolos del Daesh, pero se modificó el texto de la bandera negra para evitar que pudiera convertirse en foto icono de sus seguidores. Inghimasi ٳنغماسی ("los que se introducen sin miedo en territorio enemigo", y generalmente mueren como mártires)

Leer en El Periódico
Xavier Rius, 22 de abril de 2016

Acabó el miércoles con record de audiencia la segunda y última temporada del Príncipe como empezó, “con lágrimas y en agua salada”, ya que pese que el mal fue derrotado gracias al servicio póstumo de Fran, José Coronado, que sacó fuerzas en su último estertor para matar al malvado Khaled, Fátima fallece desangrada en brazos de Morey tras prometerse ambos su amor profundo e incondicional. Un final que no ha gustado a parte de los seguidores que se sublevaron en twitter, pero que ha sido coherente con lo que anunciaba José Coronado en su primer capítulo: “En el Príncipe todo acaba en agua salada, en lágrimas o en el fondo del mar”. Y así acabó tras casi dos años y medio después de su estreno, esa serie pensada sólo para una temporada ubicada en ese barrio conflictivo de Ceuta, cuna de yihadistas y narcotraficantes, y que estos dos años también ha padecido y evolucionado con la irrupción del Estado Islámico o Daesh. Grupo terrorista multinacional cuya estenografía macabra marcó el guión de la segunda temporada y estuvo reproducida en sanguinario asalto de la comisaría del último capítulo.
Más allá de giros argumentales que se tuvieron que dar para alargar la serie, alguno muy bien elegido como la corrupción en el CNI y la utilización del yihadismo en Ceuta en el contexto de la pugna hispano francesa por la construcción de un túnel bajo el Estrecho, la realidad evolucionó mucho desde que se grabaron los primero capítulos en 2013, siendo la trama fiel a dicha evolución. La serie comienza con un grupo terrorista llamado Akrab (Escorpión), tal vez fiel a Al Qaeda, en un tiempo que los jóvenes que marchaban desde Ceuta y Europa a combatir a Siria lo hacían para sumarse a grupos leales a Al Qaeda como el Frente al-Nusra. Y toma ya en la segunda temporada la simbología del Estado Islámico o Daesh que irrumpe en 2104, tras romper con Al Qaeda y Al-Nursa, proclama el Califato y realiza las impactantes ejecuciones con sus videos de las víctimas vestidas con mono naranja.
En la segunda temporada del Príncipe afortunadamente se solventan los tintes islamófobos de la primera, en la que todos los personajes masculinos musulmanes o de origen magrebí acabaron siendo terroristas o narcotraficantes, incluso aquellos como el policía ceutí, Hakim, –Ayoub al Hilali- que decía ser ateo y comía jamón, pero resultó ser un terrorista infiltrado. Y acertadamente se introdujeron otros, como el agente Samy, Ahmed Younossi, que replica siempre a los yihadistas que su visión del islam es equívoca, o la del líder musulmán con túnica que, tras reprochar a los terroristas su acción es asesinado en la puerta de la comisaría.
Se le puede criticar a la serie algunos errores a la hora de mostrar al CNI o en la ejecución de los dispositivos antiterroristas. Un agente del CNI, actúe o no bajo la cobertura de la Policía Nacional, nunca se autodefinirá como espía como hacía Morey. Los agentes de los servicios secretos, antiterroristas y de información se definen y clasifican en todo el mundo en categorias como agentes operativos o como analistas. Lo de espías queda para la época de la guerra fría en que agentes se camuflaban con otra profesión en territorio enemigo para obtener información. Así mismo resulta impensable que una periodista pueda reunirse con Robledo, el jefe del CNI corrupto, en el parking del organismo al que ha accedido libremente. Y ciertamente, tanto el operativo policial de Granada con los reyes de España y Marruecos, como en las escenas trepidantes del último capítulo, el dispositivo antiterrorista habría sido muy distinto en la realidad, pero ello hubiera quitado protagonismo a Fran y Morey que debían ser ellos quienes se enfrentaran con el mal.
En el capítulo del miércoles se reprodujo como, a la orden de Inghimasi ٳنغماسی (que significa:"los que se introducen sin miedo en territorio enemigo", y generalmente mueren como suicidas o mártires), unos chavales inexpertos asaltan la comisaría reproduciendo la simbología del Daesh o Estado Islámico, pese a que deliberadamente se cambió alguna palabra y la caligrafía de la bandera negra con círculo blanco del Daesh, para evitar que en el futuro dichas imágenes sean usadas como icono terrorista.
Resulta difícil valorar ahora qué rédito positivo o negativo dejará en El Príncipe la serie, que no ha acabado de gustar a muchos de quienes trabajan día a día por la convivencia y desestigmatizar dicho barrio al haberse sobredimensionado sólo lo negativo. Un barrio, con olor a heroína y té con hierbabuena, que tuve el privilegio de conocer con toda su complejidad en julio de 2004 de la mano de Hamed Abderraman Ahmed, "Hamido", recien liberado de Guantánamo. Ceuta y Melilla son dos microcosmos con una gran población española joven musulmana o de cultura musulmana, que afronta los problemas educativos, de empleo y de marginalidad, además del conflicto identitario. Cóctel del que se alimenta en toda Europa el yihadismo. Por ello preocupa a los analistas del CNI, policía y Guardia Civil, si a consecuencia de la serie, a corto o medio plazo, habrá jóvenes de Ceuta y Melilla que puedan sentirse atraídos y mimetizados por las digamos hazañas bélicas mostradas en la misma.
A raíz de los últimos atentados realizados en París o Bruselas se ha debatido mucho sobre qué modelo de integración de los ciudadanos de religión o cultura islámica debe buscarse, para evitar las condiciones sociales de segregación y guetos que alimentan el terrorismo yihadista. Lamentablemente el tema es complejo y debe abordarse huyendo del buenismo de cierto multiculturalismo que propugna el respeto hacia patrones de conducta social y familiar, sin puerta de salida para las mujeres, opuestos al principio básico de libertad individual. Y huyendo también de la islamofobia que niega el derecho a ser musulmán y mostrarlo en público. Pero la trayectoria de la protagonista indiscutible, Hiba Abouk, o de la actriz Mariam Bachir, que descubrimos en El Niño, y que pudimos ver también en El Príncipe, nos obliga a reflexionar sobre ello.
Abouk, nacida en España hija de padre libio y madre tunecina, reconoció hace un año que había roto la relación con sus padres, que no aprobaban los papeles que realizaba. Así mismo la saharaui Mariam Bachir, que pudimos ver también, realizando como cualquier otra actriz española, una escena amorosa en El Niño, o que hizo una escena de beso lésbico en un espot publicitario, lamentaba recientemente TV3 que, desde su entorno saharaui, se le reprochara y censurara por sus papeles. Y aquí podemos llegar a la triste conclusión que para muchas mujeres hijas de musulmanes, solo pueden decidir libremente cómo quieren vivir y si desean romper o no con patrones patriarcales apegados tristemente a la cultura islamica, si tienen capacidad económica para independizarse. Y lamentablemente un reto no resuelto que tienen las sociedades democráticas occidentales es que hay sectores de su población, y me refiero a parte de las llamadas comunidades islámicas, que no entienden que la religión y el modo de manifestarla es una opción libre con todo el derecho a practicarla y difundirla, pero no un componente genético hereditario de los hijos e hijas de musulmanes.
Xavier Rius, periodista

Las palabras de la bandera del Daesh han sido cambiadas para evitar que se reproduzca como icono suyo

DESPRÉS DEL PRÍNCIPE
Va acabar dimecres amb rècord d'audiència la segona i última temporada del Príncipe com va començar, "amb llàgrimes i en aigua salada", ja que malgrat que el mal va ser derrotat gràcies al servei pòstum de Fran, José Coronado, que va treure forces en el seu últim alè de vida per matar el malvat Khaled, Fàtima mor dessagnada en braços de Morey després de prometre’s tots dos el seu amor etern i incondicional. Un final que no ha agradat a part dels seguidors que es van revoltar a twitter, però que ha estat coherent amb el que anunciava José Coronado en el primer capítol: "Al Príncipe tot acaba en aigua salada, en llàgrimes o en el fons del mar ". I així va acabar després de gairebé dos anys i mig després de la seva estrena, aquesta sèrie pensada només per a una temporada situada en aquest barri conflictiu de Ceuta, bressol de gihadistes i narcotraficants, i que aquests dos anys també ha patit i evolucionat amb la irrupció de l'Estat islàmic o Daesh. Grup terrorista multinacional, la escenografia macabra del qual va marcar el guió de la segona temporada i va estar reproduïda en sanguinari assalt de la comissaria de l'últim capítol.
Més enllà de girs argumentals que es van haver de donar per allargar la sèrie, algun molt ben triat com la corrupció al CNI i la utilització del gihadisme a Ceuta en el context de la pugna hispanofrancesa per la construcció d'un túnel sota l'Estret, la realitat va evolucionar molt des que es van gravar els primers capítols en 2013, sent la trama fidel a aquesta evolució. La sèrie comença amb un grup terrorista anomenat Akrab (Escorpí), potser fidel a Al-Qaida, en un temps que els joves que marxaven des de Ceuta i Europa a combatre a Síria, ho feien per sumar-se a grups lleials a Al-Qaida com el Front al -Nusra. I pren ja en la segona temporada la simbologia de l'Estat Islàmic o Daesh que irromp en 2104, després de trencar amb Al-Qaida i Al-Nursa, proclama el Califat i realitza les impactants execucions amb els seus vídeos de les víctimes vestides amb mono taronja.
En la segona temporada del Príncipe afortunadament se solucionen els tints islamòfobs de la primera, en la que tots els personatges masculins musulmans o d'origen magribí van acabar sent terroristes o narcotraficants, fins i tot aquells com el policia de Ceuta, Hakim, -Ayoub a Hilali- que deia ser ateu i menjava pernil, però va resultar ser un terrorista infiltrat. I encertadament es van introduir altres, com l'agent Samy, Ahmed Younossi, que replica sempre als jihadistes que la seva visió de l'islam és equívoca, o la del líder musulmà amb túnica que, després de retreure als terroristes seva acció és assassinat a la porta de la comissaria.
Se li pot criticar la sèrie alguns errors a l'hora de mostrar el CNI o en l'execució dels dispositius antiterroristes. Un agent del CNI, actuï o no sota la cobertura de la Policia Nacional, mai s’autodefinirá com espia com feia Morey. Els agents dels serveis secrets, antiterroristes i d'informació es defineixen i classifiquen a tot el món en categories com a agents operatius o com analistes. El mot espia queda per l'època de la guerra freda en què els agents es camuflaven amb una altra professió en territori enemic per obtenir informació. Així mateix resulta impensable que una periodista pugui reunir-se amb Robledo, el cap del CNI corrupte, al pàrquing de l'organisme al qual ha accedit lliurement. I certament, tant l'operatiu policial de Granada amb els reis d'Espanya i el Marroc, com en les escenes trepidants de l'últim capítol, el dispositiu antiterrorista hauria estat molt diferent a la realitat, però això hagués tret protagonisme a Fran i Morey que havien de ser ells qui s'enfrontessin amb el mal.
En el capítol de dimecres es va reproduir com, a l'ordre d’Inghimasi,,ٳنغماسی ("els que s'introdueixen o entren sense por en territori enemic", i generalment moren com a màrtirs) uns xavals inexperts assalten la comissaria reproduint la simbologia del Daesh o Estat Islàmic, malgrat que deliberadament es va canviar alguna paraula i la cal·ligrafia de la bandera negra amb cercle blanc del Daesh, per evitar que en el futur aquestes imatges siguin utilitzaes com a icona terrorista.
Resulta difícil valorar ara quin rèdit positiu o negatiu deixarà en El Príncipe a la sèrie, que no ha acabat d'agradar a molts dels que treballen dia a dia per la convivència i desestigmatitzar el barri en haver-se sobredimensionat només les coses negatives. Un barri, que fa olor a heroïna i a te amb menta, que vaig tenir el privilegi de conèixer amb tota la seva complexitat el juliol de 2004 de la mà d’Abderraman Ahmed, "Hamido", recent alliberat de Guantánamo. Ceuta i Melilla són dos microcosmos amb una gran població espanyola jove musulmana o de cultura musulmana, que afronta els problemes educatius, d'ocupació i de marginalitat, a més del conflicte identitari. Còctel del que s'alimenta a tot Europa el gihadisme. Per això preocupa als analistes del CNI, policia i Guàrdia Civil, si a conseqüència de la sèrie, a curt o mitjà termini, hi haurà joves de Ceuta i Melilla que puguin sentir-se atrets i mimetitzats per les, diguem gestes bèl·liques, mostrades a la mateixa.
Arran dels últims atemptats realitzats a París o Brussel·les s'ha debatut molt sobre quin model d'integració dels ciutadans de religió o cultura islàmica ha de buscar-se, per evitar les condicions socials de segregació i guetos que alimenten el terrorisme gihadista. Lamentablement el tema és complex i s'ha d'abordar fugint del bonisme de cert multiculturalisme que propugna el respecte cap a patrons de conducta social i familiar, sense porta de sortida per a les dones, oposats al principi bàsic de llibertat individual. I fugint també de la islamofòbia que nega el dret a ser musulmà i mostrar-ho en públic. Però la trajectòria de la protagonista indiscutible, Hiba Abouk, o de l'actriu Mariam Bachir, que vam descobrir a El Niño i vam poder veure també en El Príncipe, ens obliga a reflexionar-hi.
Abouk, nascuda a Espanya de pare libi i mare tunisiana, va reconèixer fa un any que havia trencat la relació amb els pares, que no aprovaven els papers que realitzava. Així mateix la sahrauí Mariam Bachir, que vam poder veure també, realitzant com qualsevol altra actriu espanyola, una escena amorosa a El Niño, que va fer una escena de petó lèsbic en un espot publicitari, lamentava recentment a TV3 que, des del seu entorn sahrauí, se li reprotxés i censurés pels seus papers. I aquí podem arribar a la trista conclusió que moltes dones filles de musulmans, només poden decidir lliurement com volen viure i si volen trencar o no amb patrons patriarcals aferrats tristament a la cultura islàmica, si tenen capacitat econòmica per independitzar-se. I lamentablement un repte no resolt que tenen les societats democràtiques occidentals és que hi ha sectors de la població, i em refereixo sectors de les anomenades comunitats islàmiques, que no entenen que la religió i la manera de manifestar-la és una opció lliure amb tot el dret a practicar-la i difondre-la, però no un component genètic hereditari dels fills i filles de musulmans.
Xavier Rius, periodista
¿Qué siginifica Inghimasi?
Flag Daesh ISIS

dijous, 25 de juny del 2015

EL PRÍNCIPE, CUANDO FICCIÓN Y REALIDAD NOS SON CERCANAS

A las películas de cine y las series de televisión que abordan conflictos bélicos, sociales y políticos no se les pide que sean imparciales y, hasta fechas recientes, habitualmente sólo trataban conflictos pasados. En los años setenta iban de romanos, de indios y el Séptimo de Caballería, o de americanos y británicos luchando contra malvados alemanes y japoneses. En los ochenta y noventa llegaron las películas del Vietnam en las que los americanos ya no eran siempre los buenos, y en el dos mil llegaron las películas de Bosnia. Por lo general las series y películas se referían a conflictos que se consideraban cerrados y la audiencia valoraba que, más allá de tomar partido por unos u otros, mostrara el lado humano o permitiera empatizar con protagonistas de ambos bandos.
Tras el 11-S y Afganistán comenzaron las series y películas sobre terrorismo islamista, problemática que no estaba cerrada, y que en unos casos se abordaba desde un simplismo infantil, mostrando siempre a los musulmanes como los malos o infantiles, mientras que en otros se intentaba analizar las causas, la responsabilidad de Israel y Estados Unidos y mostraba su complejidad sin generalizaciones simplistas.
Pero ahora, que el terrorismo yihadista es la principal amenaza a la seguridad de Occidente y que los enquistados conflictos de Oriente Próximo y los países musulmanes han tomado una nueva dimensión tras la irrupción del Estado Islámico, presente desde Mosul hasta París, las tramas de algunas series llegan a las pantallas desfasadas en comparación con lo que nos muestran los telediarios.
La exitosa Homeland, producida por la FOX, terminó la pasada temporada mostrando una inexistente alianza entre Irán y Al-Qaeda. No es ningún secreto que los propietarios de la FOX compartían intereses económicos con los sectores republicanos e israelíes que deseaban que Obama ordenara un ataque aéreo contra las instalaciones nucleares iraníes. En los últimos capítulos vimos como el personaje de Nicholas Brody, considerado de Al-Qaeda, era acogido como un héroe en Irán. Pero mientras veíamos esto en las pantallas, no sólo el Pentágono había descartado totalmente atacar Irán, sino que la inteligencia y militares estadounidenses e iraníes luchaban juntos en Irak contra el enemigo común del Daesh o Estado Islámico que se había comido ya a Al-Qaeda.
Ahora que ningún lugar del planeta está libre de los atentados, proliferan las series y películas sobre yihadismo, sea el terrorista el hijo de un inmigrante magrebí, o un converso que pretende atentar contra sus vecinos europeos o americanos. En otros casos se trata de un universitario tunecino o marroquí que lo hace en Siria, o en un hotel de turistas en su país. Y la audiencia ya no lo recibe como una trama de algo lejano o pasado, sino que mucha gente se pregunta si el pakistaní a quien le ha comprado la pizza media hora antes de sentarse ante el televisor, si será de fiar o si acabará convirtiéndose en terrorista. 

De los últimos capítulos de la pasada temporada de El Príncipe, la producción más exitosa de la televisión en España, se criticó a la serie que acabara mostrando a todos los personajes masculinos musulmanes como terroristas o narcotraficantes. Incluso Hakim, el policía ceutí que bebía vino, comía jamón y decía ser ateo, resultó ser un terrorista que se camuflaba. Generalización que sólo beneficia a los difunden ideas xenófobas, crispa la convivencia, y muestra una imagen distorsionada de la realidad, dado que la mayoría de víctimas del terrorismo yihadista son personas musulmanas consideradas impías por el Daesh por ser chiítas, laicas o no seguir el wahabismo.
Pero en la temporada actual, que concluyó el pasado martes, rompen con los estereotipos, y muestran personajes como Samy, el nuevo policía que es musulmán y totalmente comprometido contra el terrorismo. Así Samy, papel que interpreta Ahmed Younossi, es hijo de unos inmigrantes marroquíes fallecidos en los atentados del 11-M en Madrid, y cuando la agente Mati, que encarna Thaïs Blume, le pregunta cómo puede continuar siendo musulmán, él le responde que el islam que él aprendió de sus padres no tiene nada que ver con el odio y la violencia.
La serie, además, no ha quedado desfasada por la actualidad, dado que ha abordado cuestiones que han ocurrido estos meses, como los jóvenes de Ceuta y Melilla que marchan a luchar a Siria. O de conversos, como Sergio, que interpreta Diego Landaluce, un chico cristiano desarraigado que, carente de referentes, abraza el islam yihadista violento. Algo que descubrimos hace dos meses en Catalunya, cuando los mossos d’esquadra desarticularon la célula yihadista que dirigía un peluquero de Sabadell converso. Y esta capacidad de la trama para evolucionar simultáneamente a lo que vemos en las noticias, ha sido uno de los motivos de su éxito.
En la serie, que emitirá los que dicen ser sus últimos capítulos pasado el verano, hemos visto crecer a actores como Hiba Abouk, en su excelente interpretación de Fátima, con su amor posible o imposible con Javier Morey, o al malvado, cínico e imperturbable de su esposo Khaled, que interpreta Stany Coppet. Un malvado Coppet que repitió en su papel de malo impasible el pasado miércoles en Águila Roja como capitán de los Mosqueteros, y esta vez sí que recibió su merecido castigo con el filo de la espada y las garras de un tigre.
La serie, más allá de que la trama que nos insinua algún yihadista infiltrado en la cúpula del CNI, o que tal vez a los servicios de inteligencia franceses les pueda interesar desestabilizar Ceuta por motivos económicos, retrata la realidad de un desarraigo y los problemas laborales, sociales y de identidad de jóvenes de Ceuta y Melilla, muy similares a los que viven jóvenes descendientes de magrebíes en las Banlieues francesas. Unas circunstancias que les aboca al trapicheo, las drogas y la violencia, resultando el yihadismo violento para algunos la salida más fácil. 

Habrá que esperar a otoño para saber cómo termina el malvado Khaled, si Faruk recuperará a su hermana pequeña captada y engañada por yihadistas, y si tal vez encontrará un lugar en el mundo sin necesidad de traficar con drogas; cómo resolverán el inspector Fran, que interpreta José Coronado, y su esposa, la herida causada por la muerte de su hijo y, sobretodo, si Fátima sin velo y sin sufrir por sus hermanos, podrá iniciar una nueva vida con Morey, libre ya del yihadista de su marido.
En lo que es seguro que no habrá acuerdo, será en valorar a medio plazo, si la serie habrá servido para mejorar la situación del barrio ceutí del Príncipe, estigmatizado por la droga, el contrabando y el yihadismo, cuyas calles huelen a heroína y te con hierbabuena, y con qué personajes se identificarán a la larga sus jóvenes. Y es que no es lo mismo que empatizáramos más con los indios que con el Séptimo de Caballería, o con la vietnamita enamorada de un soldado de Los Ángeles que con su hermano del Vietcong, dado que esas películas recreaban el pasado. En el Príncipe, en cambio, vemos el presente y el futuro y las granadas no explotan en el Delta del Mekong, sino más cerca de casa.
Xavier Rius
 

 EL PRÍNCIPE, QUAN FICCIÓ I REALITAT ENS SÓN PROPERES
A les pel·lícules de cinema i les sèries de televisió que aborden conflictes bèl·lics, socials i polítics no se'ls demana que siguin imparcials i, fins fa poc, habitualment tractaven conflictes passats. En els anys setanta anaven de romans, d'indis i el Setè de Cavalleria, o d'americans i britànics lluitant contra malvats alemanys i japonesos. En els vuitanta i noranta van arribar les pel·lícules de Vietnam en les que els americans ja no eren sempre els bons, i en el 2000 van arribar les pel·lícules de Bòsnia. Generalment les sèries i pel·lícules es referien a conflictes que es consideraven tancats i l'audiència valorava que, més enllà de prendre partit per uns o altres, mostrés el costat humà o permetés empatitzar amb protagonistes d'ambdós bàndols. 
Després de l'11-S i l'Afganistan van començar les sèries i pel·lícules sobre terrorisme islamista, problemàtica que no estava tancada, i que en uns casos s'abordava des d'un simplisme infantil, mostrant sempre als musulmans com els dolents o infantils, mentre que en altres es intentava analitzar les causes, la responsabilitat d'Estats Units i mostrava la seva complexitat sense generalitzacions

divendres, 9 de maig del 2014

EL PRÍNCIPE ¿ISLAMOFOBIA O INCONSCIENCIA? En los últimos capítulos se convierten en terroristas fanáticos todos los magrebíes que parecían occidentalizados.





Leer el artículo en la web de El Periódico

Esta semana terminó con un nuevo record de audiencia la serie El Príncipe, de Telecinco, ubicada en el barrio marginal de dicho nombre, en Ceuta, con una triple trama de un amor, tal vez imposible, entre Fátima Ben Barek (Hiba Abouk) y el agente Javier Morell (Alex González), células terroristas islamistas y policías quemados o corruptos que se lucran o hacen la vista gorda con el narcotráfico. Y debo reconocer mi decepción y también preocupación por los giros que dio en los últimos tres episodios, convirtiendo a todos los protagonistas masculinos musulmanes o de cultura musulmana que parecían occidentalizados, laicos, o incluso agnósticos, en terroristas suicidas o reclutadores de terroristas. Personajes que pareciendo hasta el minuto antes europeizados y pacíficos, al grito de "Alahú Aakbar", se transmutaban en asesinos múltiples llenos de odio. 

Mientras a lo largo de la serie, la trama ha motivado que se empatice y comprenda a los policías corruptos o que, a causa del entorno, hacen la vista gorda ante el narcotráfico para evitar males mayores,  aquellos personajes que en su primera escena ya aparecían como islamistas radicales resultaban ser simples y estereotipados. Pero en los últimos tres capítulos, sin dar pie a que la audiencia pueda empatizar o comprender a dichos personajes y sus motivos, todos los protagonistas musulmanes o de origen magrebí que creíamos agnósticos, laicos o musulmanes practicantes occidentalizados, mostraban su verdadera identidad como fanáticos terroristas. Primero fue Omar (Samad Madkouri), el profesor del centro cívico, que incluso se manifestaba a favor que se pudiera prohibir el velo en ciertas actividades, y resulta ser el reclutador de jóvenes suicidas que morirá matando. Después fue Hakim (Ayoub El Hilali), el policía ceutí magrebí que bebe cerveza, aparentaba ser agnóstico, y resulta ser el infiltrado yijadista en la comisaría. Por último Khaled (Stany Coppet), el novio francés de origen marroquí, arquitecto culto y europeizado,  prometido de Fátima, resulta ser el jefe de la célula.  

Pese a que sea cierto que algunos terroristas yijadistas se camuflan con modos de vida occidental, ¿porqué da la serie este perfil terrorista a los que parecían ser “musulmanes buenos occidentalizados”? Tal como están las cosas el único musulmán, con defectos, pero humano y con valores, con el que se empatiza y que la serie ha salvado, es precisamente Faruk, el hermano de Fátima narcotráficante, de quien vemos su lado humano. 


No cuestiono la trama que ciertamente atrapa, ni la brillante interpretación de actores como José Coronado, Hiba Abouk, Alex González o Rubén Cortada. Pero siendo el terrorismo islamista una realidad en España, y mostrando esta serie por primera vez la realidad y complejidad de Ceuta o Melilla, ¿por qué criminaliza a la mayoría de personajes musulmanes o de origen magrebí? 

Como ya expliqué al inicio de la serie en otro artículo, tuve el placer de conocer el barrio del Príncipe hace diez años de la mano de Abderramán Ahmed, alias Hamido, el ceutí español capturado por las tropas estadounidenses en Afgansitán, pocos días después de ser liberado por Baltasar Garzón, tras pasar unos años en Guantámo. Hamido me mostró la pobreza y miseria de ese barrio olvidado, azotado por el paro y la marginalidad, que padecía la peste de un consumo heroína, que se había llevado por delante a muchos de sus compañeros de infancia. Y charlando con él por esas calles sin ley, repletas de dolor, heroinómanos y traficantes, pese a discrepar yo radicalmente de sus ideas, podía entender porque había abrazado un islam yijadista. Por ello entristece que la serie que pretendía mostrar la realidad de dicho barrio, antes poco conocido, simplifique las cosas  en un programa record indiscutible de audiencia, como si su objetivo fuera dar la razón al xenófobo e islamófobo Josep Anglada, cuando dice que “un moro siempre será un moro”.

Fue Hiba Abouk, en una entrevista televisiva hace un mes, que explicó que la escritora que más la influenció en sus primeros años de lectora fue la argelina Malika Mokeddem. Mokeddem en sus obras denuncia el conservadurismo de la sociedad argelina, las dificultades para que una mujer nacida en una familia y sociedad musulmana tradicional pueda desarrollarse y decidir libremente si se desea o no practicar los preceptos del islam; pero también, la sospecha y perjuicios que padece quien es de origen magrebí y vive en Europa.  

Puede que los guionistas del Príncipe estén a tiempo de rectificar de cara a la segunda temporada, y muestren esa realidad que las principales víctimas del radicalismo islámico son los propios musulmanes que viven en libertad y tolerancia su fe, y a aquellos que habiendo nacido musulmanes han dejado de creer, potenciando personajes como lo que eran Khaled, Hakim o Omar antes de sobrevenir súbitamente terroristas. Y si la serie ha sido capaz de mostrar el lado humano y que empaticemos y perdonemos a los policías corruptos que delinquen, también puede hacer lo mismo con quienes abrazan el salafismo o el yijadismo. Yo paseando entre jóvenes que habían arruinado su vida enganchados a la heroína, llegué a comprender a Hamido. 

Leer artículo anterior en El Periódico "Ceuta y los muertos en agua salada" 
 

dissabte, 15 de febrer del 2014

CEUTA Y LOS MUERTOS EN AGUA SALADA, una reflexión sobre los fallecidos en Ceuta y la serie El Príncipe







 Dicen en la serie "El Príncipe, que se emite en Tele 5, que en Ceuta “muchas cosas acaban en agua salada;  a veces en lágrimas, otras en el fondo del mar”. “Esto es otro mundo y las cosas funcionan de otra manera” repite diversas veces Fran, el policía no sabemos si quemado o corrupto, que encarna José Coronado, que intenta controlar lo que ocurre en dicho barrio ubicado junto al paso fronterizo y la playa del Tarajal. Un barrio en el que se cruza la miseria, el contrabando, tráfico y consumo de drogas, el gijadismo y la inmigración.
Sin estar previsto, el estreno de esta serie, record de audiencia los martes, ha venido acompañada de la tragedia ocurrida el pasado día 6, con 15 cuerpos ahogados en agua salada, no el fondo del mar, sino haciendo pié en la playa del Tarajal, mientras desde la arena la Guardia Civil lanzaba pelotas de goma y cartuchos de fogueo. Unos hechos sobre los que se ha variado una y otra vez la versión, dando una versión también distinta el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz y que, si se confirman las denuncias sobre la actuación de la Benemérita, puede tener consecuencias penales y políticas de gran alcance.

Y es que lo grave no es que allí, como se dice en la serie, las cosas se hacen de otra manera y, en ocasiones, a quienes se detiene tras saltar la valla, se les expulsa de manera irregular, abriéndola y empujándolos hacia Marruecos, cosa que vulnera los procedimientos de la ley de extranjería y de la ley de asilo, que da derecho a solicitarlo a quien llega irregularmente a España, pese a que tras la solicitud, la mayoría de veces no se admitidas a trámite.


Lo grave es que, como confirmó el ministro, se utilizó material antidisturbios para echar mar adentro a quienes hacían pie en aguas españolas, resultando ahogadas 15 personas. Lo grave es que un grupo de agentes, cumpliendo órdenes de sus superiores, cometió un delito de omisión de socorro hacia quienes se estaban ahogando en una playa española, y que, algunas de estas muertes por ahogamiento, parece evidente que por fueron motivadas por el lanzamiento de material antidisturbios a personas que chapoteaban en aguas españolas a pocos metros de la playa. Y estos hechos ocurren unas semanas que España ha cerrado diversas veces los pasos fronterizos en Ceuta, la última este viernes, para evitar que accedan a los mismos diversos grupos de refugiados sirios y soliciten asilo o refugio como ciudadanos huidos de un conflicto bélico que, como ha reconocido hoy mismo el mediador Lajdar Brahimi, no parece tener solución. Es muy fácil llenarse la boca pidiendo desde Madrid o Bruselas a Turquía, Jordania y Líbano que acojan un millón más de refugiados sirios, mientras aquí se cierra el paso fronterizo de Ceuta para impedir que accedan a España  un centenar de ciudadanos sirios que desean solicitar asilo al ser víctimas del conflicto. Derecho al que la restrictiva ley de asilo española les ampara. 

Evidentemente denunciar este caso y exigir responsabilidades no niega que se deba reconocer el empeño con el que Salvamento Marítimo y la Guardia Civil recoge y traslada a tierra firme a miles de inmigrantes que se acercan en pateras a las costas españolas.  Pero el gobierno del PP parece que está adoptando en este y otros temas una política cercana a la extrema derecha europea y tal vez por eso, la extrema derecha populista antiinmigración no va tener en España ninguna candidatura con posibilidades de escaño en Estrasburgo. Nos escandalizamos que el líder neonazi griego Nicholas Michaloliakos proponga electrificar la frontera con Turquía y disparar a las piernas a quien intente pasarla, y aquí se colocan cuchillas en lo alto de los alambres de las vallas de Ceuta y Melilla, rechazadas por la Unión Europea por las heridas que provocan, y se dispara material antidisturbios a quienes se ahogan en aguas españolas.

Hubiera preferido hacer este artículo sobre Ceuta hablando del patrón que marcará la actuación de la actriz española Hiba Abouk en la serie El Príncipe, entre el cuarto de millón de niñas y jóvenes musulmanas que hay en España, muchas, ya, con nacionalidad española. O si la serie de Tele 5 es o no fidedigna a la miseria y a la vez belleza que hay en el barrio del Príncipe Alfonso; de los ceutíes que abrazan las ideas gijadistas y parten hacia Siria, o de si dicha serie ayudará a medio plazo a romper el estigma del barrio. Barrio que tuve el placer de conocer hace diez años acompañado de Ahmed Abderramán, alias Hamido, el ceutí español de Guantámo, de ideas salafistas radicales, que me mostró sus calles con olor a té con menta y a heroína, una semana después de ser puesto en libertad por Baltasar Garzón tras su retorno de Guantánamo. Pero más allá de las intrigas que nos aporta la serie de ficción y de si es fiel a la realidad, la trágica actualidad obliga a denunciar unas muertes y a plantear responsabilidades por las últimas quince personas ahogadas, como se dice en la serie, en agua salada.                                                    Xavier Rius, periodista.  
 Los progonistas del Príncipe, con las aguas del Tarajal de fondo.
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Hace ilusión que Hiba Abouk la protagionista de El Príncipe, tuitee el artículo "Ceuta y los muertos en agua salada", pero hubiera deseado no tener que escribir dicho artículo Ir al twitter de Hiba Abouk