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dijous, 25 de juny del 2015

EL PRÍNCIPE, CUANDO FICCIÓN Y REALIDAD NOS SON CERCANAS

A las películas de cine y las series de televisión que abordan conflictos bélicos, sociales y políticos no se les pide que sean imparciales y, hasta fechas recientes, habitualmente sólo trataban conflictos pasados. En los años setenta iban de romanos, de indios y el Séptimo de Caballería, o de americanos y británicos luchando contra malvados alemanes y japoneses. En los ochenta y noventa llegaron las películas del Vietnam en las que los americanos ya no eran siempre los buenos, y en el dos mil llegaron las películas de Bosnia. Por lo general las series y películas se referían a conflictos que se consideraban cerrados y la audiencia valoraba que, más allá de tomar partido por unos u otros, mostrara el lado humano o permitiera empatizar con protagonistas de ambos bandos.
Tras el 11-S y Afganistán comenzaron las series y películas sobre terrorismo islamista, problemática que no estaba cerrada, y que en unos casos se abordaba desde un simplismo infantil, mostrando siempre a los musulmanes como los malos o infantiles, mientras que en otros se intentaba analizar las causas, la responsabilidad de Israel y Estados Unidos y mostraba su complejidad sin generalizaciones simplistas.
Pero ahora, que el terrorismo yihadista es la principal amenaza a la seguridad de Occidente y que los enquistados conflictos de Oriente Próximo y los países musulmanes han tomado una nueva dimensión tras la irrupción del Estado Islámico, presente desde Mosul hasta París, las tramas de algunas series llegan a las pantallas desfasadas en comparación con lo que nos muestran los telediarios.
La exitosa Homeland, producida por la FOX, terminó la pasada temporada mostrando una inexistente alianza entre Irán y Al-Qaeda. No es ningún secreto que los propietarios de la FOX compartían intereses económicos con los sectores republicanos e israelíes que deseaban que Obama ordenara un ataque aéreo contra las instalaciones nucleares iraníes. En los últimos capítulos vimos como el personaje de Nicholas Brody, considerado de Al-Qaeda, era acogido como un héroe en Irán. Pero mientras veíamos esto en las pantallas, no sólo el Pentágono había descartado totalmente atacar Irán, sino que la inteligencia y militares estadounidenses e iraníes luchaban juntos en Irak contra el enemigo común del Daesh o Estado Islámico que se había comido ya a Al-Qaeda.
Ahora que ningún lugar del planeta está libre de los atentados, proliferan las series y películas sobre yihadismo, sea el terrorista el hijo de un inmigrante magrebí, o un converso que pretende atentar contra sus vecinos europeos o americanos. En otros casos se trata de un universitario tunecino o marroquí que lo hace en Siria, o en un hotel de turistas en su país. Y la audiencia ya no lo recibe como una trama de algo lejano o pasado, sino que mucha gente se pregunta si el pakistaní a quien le ha comprado la pizza media hora antes de sentarse ante el televisor, si será de fiar o si acabará convirtiéndose en terrorista. 

De los últimos capítulos de la pasada temporada de El Príncipe, la producción más exitosa de la televisión en España, se criticó a la serie que acabara mostrando a todos los personajes masculinos musulmanes como terroristas o narcotraficantes. Incluso Hakim, el policía ceutí que bebía vino, comía jamón y decía ser ateo, resultó ser un terrorista que se camuflaba. Generalización que sólo beneficia a los difunden ideas xenófobas, crispa la convivencia, y muestra una imagen distorsionada de la realidad, dado que la mayoría de víctimas del terrorismo yihadista son personas musulmanas consideradas impías por el Daesh por ser chiítas, laicas o no seguir el wahabismo.
Pero en la temporada actual, que concluyó el pasado martes, rompen con los estereotipos, y muestran personajes como Samy, el nuevo policía que es musulmán y totalmente comprometido contra el terrorismo. Así Samy, papel que interpreta Ahmed Younossi, es hijo de unos inmigrantes marroquíes fallecidos en los atentados del 11-M en Madrid, y cuando la agente Mati, que encarna Thaïs Blume, le pregunta cómo puede continuar siendo musulmán, él le responde que el islam que él aprendió de sus padres no tiene nada que ver con el odio y la violencia.
La serie, además, no ha quedado desfasada por la actualidad, dado que ha abordado cuestiones que han ocurrido estos meses, como los jóvenes de Ceuta y Melilla que marchan a luchar a Siria. O de conversos, como Sergio, que interpreta Diego Landaluce, un chico cristiano desarraigado que, carente de referentes, abraza el islam yihadista violento. Algo que descubrimos hace dos meses en Catalunya, cuando los mossos d’esquadra desarticularon la célula yihadista que dirigía un peluquero de Sabadell converso. Y esta capacidad de la trama para evolucionar simultáneamente a lo que vemos en las noticias, ha sido uno de los motivos de su éxito.
En la serie, que emitirá los que dicen ser sus últimos capítulos pasado el verano, hemos visto crecer a actores como Hiba Abouk, en su excelente interpretación de Fátima, con su amor posible o imposible con Javier Morey, o al malvado, cínico e imperturbable de su esposo Khaled, que interpreta Stany Coppet. Un malvado Coppet que repitió en su papel de malo impasible el pasado miércoles en Águila Roja como capitán de los Mosqueteros, y esta vez sí que recibió su merecido castigo con el filo de la espada y las garras de un tigre.
La serie, más allá de que la trama que nos insinua algún yihadista infiltrado en la cúpula del CNI, o que tal vez a los servicios de inteligencia franceses les pueda interesar desestabilizar Ceuta por motivos económicos, retrata la realidad de un desarraigo y los problemas laborales, sociales y de identidad de jóvenes de Ceuta y Melilla, muy similares a los que viven jóvenes descendientes de magrebíes en las Banlieues francesas. Unas circunstancias que les aboca al trapicheo, las drogas y la violencia, resultando el yihadismo violento para algunos la salida más fácil. 

Habrá que esperar a otoño para saber cómo termina el malvado Khaled, si Faruk recuperará a su hermana pequeña captada y engañada por yihadistas, y si tal vez encontrará un lugar en el mundo sin necesidad de traficar con drogas; cómo resolverán el inspector Fran, que interpreta José Coronado, y su esposa, la herida causada por la muerte de su hijo y, sobretodo, si Fátima sin velo y sin sufrir por sus hermanos, podrá iniciar una nueva vida con Morey, libre ya del yihadista de su marido.
En lo que es seguro que no habrá acuerdo, será en valorar a medio plazo, si la serie habrá servido para mejorar la situación del barrio ceutí del Príncipe, estigmatizado por la droga, el contrabando y el yihadismo, cuyas calles huelen a heroína y te con hierbabuena, y con qué personajes se identificarán a la larga sus jóvenes. Y es que no es lo mismo que empatizáramos más con los indios que con el Séptimo de Caballería, o con la vietnamita enamorada de un soldado de Los Ángeles que con su hermano del Vietcong, dado que esas películas recreaban el pasado. En el Príncipe, en cambio, vemos el presente y el futuro y las granadas no explotan en el Delta del Mekong, sino más cerca de casa.
Xavier Rius
 

 EL PRÍNCIPE, QUAN FICCIÓ I REALITAT ENS SÓN PROPERES
A les pel·lícules de cinema i les sèries de televisió que aborden conflictes bèl·lics, socials i polítics no se'ls demana que siguin imparcials i, fins fa poc, habitualment tractaven conflictes passats. En els anys setanta anaven de romans, d'indis i el Setè de Cavalleria, o d'americans i britànics lluitant contra malvats alemanys i japonesos. En els vuitanta i noranta van arribar les pel·lícules de Vietnam en les que els americans ja no eren sempre els bons, i en el 2000 van arribar les pel·lícules de Bòsnia. Generalment les sèries i pel·lícules es referien a conflictes que es consideraven tancats i l'audiència valorava que, més enllà de prendre partit per uns o altres, mostrés el costat humà o permetés empatitzar amb protagonistes d'ambdós bàndols. 
Després de l'11-S i l'Afganistan van començar les sèries i pel·lícules sobre terrorisme islamista, problemàtica que no estava tancada, i que en uns casos s'abordava des d'un simplisme infantil, mostrant sempre als musulmans com els dolents o infantils, mentre que en altres es intentava analitzar les causes, la responsabilitat d'Estats Units i mostrava la seva complexitat sense generalitzacions

divendres, 9 de maig del 2014

EL PRÍNCIPE ¿ISLAMOFOBIA O INCONSCIENCIA? En los últimos capítulos se convierten en terroristas fanáticos todos los magrebíes que parecían occidentalizados.





Leer el artículo en la web de El Periódico

Esta semana terminó con un nuevo record de audiencia la serie El Príncipe, de Telecinco, ubicada en el barrio marginal de dicho nombre, en Ceuta, con una triple trama de un amor, tal vez imposible, entre Fátima Ben Barek (Hiba Abouk) y el agente Javier Morell (Alex González), células terroristas islamistas y policías quemados o corruptos que se lucran o hacen la vista gorda con el narcotráfico. Y debo reconocer mi decepción y también preocupación por los giros que dio en los últimos tres episodios, convirtiendo a todos los protagonistas masculinos musulmanes o de cultura musulmana que parecían occidentalizados, laicos, o incluso agnósticos, en terroristas suicidas o reclutadores de terroristas. Personajes que pareciendo hasta el minuto antes europeizados y pacíficos, al grito de "Alahú Aakbar", se transmutaban en asesinos múltiples llenos de odio. 

Mientras a lo largo de la serie, la trama ha motivado que se empatice y comprenda a los policías corruptos o que, a causa del entorno, hacen la vista gorda ante el narcotráfico para evitar males mayores,  aquellos personajes que en su primera escena ya aparecían como islamistas radicales resultaban ser simples y estereotipados. Pero en los últimos tres capítulos, sin dar pie a que la audiencia pueda empatizar o comprender a dichos personajes y sus motivos, todos los protagonistas musulmanes o de origen magrebí que creíamos agnósticos, laicos o musulmanes practicantes occidentalizados, mostraban su verdadera identidad como fanáticos terroristas. Primero fue Omar (Samad Madkouri), el profesor del centro cívico, que incluso se manifestaba a favor que se pudiera prohibir el velo en ciertas actividades, y resulta ser el reclutador de jóvenes suicidas que morirá matando. Después fue Hakim (Ayoub El Hilali), el policía ceutí magrebí que bebe cerveza, aparentaba ser agnóstico, y resulta ser el infiltrado yijadista en la comisaría. Por último Khaled (Stany Coppet), el novio francés de origen marroquí, arquitecto culto y europeizado,  prometido de Fátima, resulta ser el jefe de la célula.  

Pese a que sea cierto que algunos terroristas yijadistas se camuflan con modos de vida occidental, ¿porqué da la serie este perfil terrorista a los que parecían ser “musulmanes buenos occidentalizados”? Tal como están las cosas el único musulmán, con defectos, pero humano y con valores, con el que se empatiza y que la serie ha salvado, es precisamente Faruk, el hermano de Fátima narcotráficante, de quien vemos su lado humano. 


No cuestiono la trama que ciertamente atrapa, ni la brillante interpretación de actores como José Coronado, Hiba Abouk, Alex González o Rubén Cortada. Pero siendo el terrorismo islamista una realidad en España, y mostrando esta serie por primera vez la realidad y complejidad de Ceuta o Melilla, ¿por qué criminaliza a la mayoría de personajes musulmanes o de origen magrebí? 

Como ya expliqué al inicio de la serie en otro artículo, tuve el placer de conocer el barrio del Príncipe hace diez años de la mano de Abderramán Ahmed, alias Hamido, el ceutí español capturado por las tropas estadounidenses en Afgansitán, pocos días después de ser liberado por Baltasar Garzón, tras pasar unos años en Guantámo. Hamido me mostró la pobreza y miseria de ese barrio olvidado, azotado por el paro y la marginalidad, que padecía la peste de un consumo heroína, que se había llevado por delante a muchos de sus compañeros de infancia. Y charlando con él por esas calles sin ley, repletas de dolor, heroinómanos y traficantes, pese a discrepar yo radicalmente de sus ideas, podía entender porque había abrazado un islam yijadista. Por ello entristece que la serie que pretendía mostrar la realidad de dicho barrio, antes poco conocido, simplifique las cosas  en un programa record indiscutible de audiencia, como si su objetivo fuera dar la razón al xenófobo e islamófobo Josep Anglada, cuando dice que “un moro siempre será un moro”.

Fue Hiba Abouk, en una entrevista televisiva hace un mes, que explicó que la escritora que más la influenció en sus primeros años de lectora fue la argelina Malika Mokeddem. Mokeddem en sus obras denuncia el conservadurismo de la sociedad argelina, las dificultades para que una mujer nacida en una familia y sociedad musulmana tradicional pueda desarrollarse y decidir libremente si se desea o no practicar los preceptos del islam; pero también, la sospecha y perjuicios que padece quien es de origen magrebí y vive en Europa.  

Puede que los guionistas del Príncipe estén a tiempo de rectificar de cara a la segunda temporada, y muestren esa realidad que las principales víctimas del radicalismo islámico son los propios musulmanes que viven en libertad y tolerancia su fe, y a aquellos que habiendo nacido musulmanes han dejado de creer, potenciando personajes como lo que eran Khaled, Hakim o Omar antes de sobrevenir súbitamente terroristas. Y si la serie ha sido capaz de mostrar el lado humano y que empaticemos y perdonemos a los policías corruptos que delinquen, también puede hacer lo mismo con quienes abrazan el salafismo o el yijadismo. Yo paseando entre jóvenes que habían arruinado su vida enganchados a la heroína, llegué a comprender a Hamido. 

Leer artículo anterior en El Periódico "Ceuta y los muertos en agua salada"